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El relato: un caos organizado

[RECETAS EXPRESS PARA MEJORAR NUESTROS RELATOS, LXIV]

En la realidad sería difícilmente creíble, por ejemplo, que un muerto se metiese en el sueño de un vivo para contarle cómo y por qué se suicidó; en narrativa no solo es perfectamente verosímil, sino que la ficción te permite jugar con elementos ficticios —haciéndolos pasar por reales— que intesifiquen la temática que quieres plasmar, configurando una especie de desorganización organizada que aparente (siguiendo con el ejemplo) un ambiente y simbolismo oníricos, pero que no se da en los sueños precisamente.

En definitiva, una narración te permite crear la ilusión de unidad a partir del caos (y viceversa), gracias a la red tupida de connotaciones que se establece entre un número de elementos finito.

Mitología prematura

Elmo está dibujando. Me acerco. En un mar embravecido, un barco naufraga a causa de una enorme serpiente marina de varias cabezas con bocas llenas de dientes. Algunos marineros cuelgan de ella clavándole flechas, lanzas y espadas. El dibujo está hecho a lápiz y la única nota de color (rojo) son las gotas de sangre que brotan de las heridas de la serpiente.
—¡Qué horror! Vaya monstruo —digo.
—Es Caribdis —dice Elmo.
—¿Caribdis? —digo—. Qué nivel.
—Escila todavía no ha llegado, pero está cerca —dice Elmo, distraído, dibujando la trayectoria de una bala de cañón.

Se me viene a la cabeza el momento en que, hace un mes, vi Las aventuras de Ulises ilustradas en el escaparate, y pensé que sería un regalo culto e inofensivo para que los Reyes se lo trajeran a Guille, el mejor amigo de Elmo.

25/01/2012 07:32. isabelcanelles Enlace permanente. Personal No hay comentarios. Comentar.

Necesidad de un conflicto

[RECETAS EXPRESS PARA MEJORAR NUESTROS RELATOS, LXIII]

Toda temática narrativa ha de conllevar cierta contradicción, cierta fisura que es, justo, en la que hurga el autor. No interesan la felicidad, la perfección y la plenitud, entre otras cosas porque no existen en el ser humano o, más bien, solo se las puede rozar con la punta de los dedos a través de trascender la infelicidad, la imperfección y la carencia.

En esta dicotomía es en la que indaga cualquier texto literario. Por eso hay que apuntar siempre a un conflicto. Solo hay evolución o crecimiento vitales a través de la superación de un bloqueo.

Desconcierto del primer amor

Germán me cuenta la siguiente conversación que ha tenido con Elmo:
—Papá, tengo que decirte una cosa —comenta Elmo, preocupado.

—¿Qué tienes que decirme?

—En el comedor me han sentado al lado de Lola Fernández.

—Qué bien, ¿no?

—Sí, pero ahora resulta que en las comidas hablo con ella, la escucho, nos reímos...

—Pero eso está bien, ¿no? —dice Germán.

—Incluso ya no soy tan amigo de Guille, no me apetece hablar con él. ¡Es horrible! No me puedo sacar a Lola de la cabeza...
Elmo alza las manos y se golpea fuertemente las sienes con las palmas. ¡Sal, Lola, sal!

19/01/2012 07:06. isabelcanelles Enlace permanente. Personal No hay comentarios. Comentar.

Medir fuerzas

[RECETAS EXPRESS PARA MEJORAR NUESTROS RELATOS, LXII]

Es comprensible que a veces nos dé pereza narrar hechos que conllevarán mucho esfuerzo, implicación y desgaste emocional. Pero está bien darse cuenta de que, en ocasiones, eludir esta tarea conlleva necesariamente el desinterés del lector, el mismo desinterés que parece tener el narrador en mostrar lo ocurrido punto por punto.

Esta toma de conciencia nos llevará a medir nuestras fuerzas de antemano y a plantear argumentos acordes con nuestras limitaciones y capacidades actuales, quizá historias pequeñas que se puedan encuadrar en un espacio, tiempo y estado anímico abarcables.

No podemos pretender hacer pasar al lector (ni a nosotros mismos como escritores) por sucesos tremendos en una extensión mínima con personajes y hechos imprecisos. Queremos hablar de las cosas importantes de la vida, y es natural, pero hemos de tener en cuenta que lo importante y hermoso no se encuentra necesariamente en lo dramático y terrible, sino que está igualmente presente en lo pequeño. Todo depende de nuestra profundidad de mirada y de nuestra capacidad para, a través del detalle, provocar la transformación. En la instantaneidad de un beso puede haber toda una historia si sabemos ponerlo al microscopio, otorgarle profundidad y atravesarlo con la flecha de nuestra técnica.

El kraken

Elmo trae del cole un cuento ilustrado. Sonrío, satisfecha, al pasar las páginas de los primeros pinitos literarios de mi hijo.

Portada

Título: El crakem.

Ilustración: Un barco hundiéndose en el mar, abrazado por los tentáculos de un pulpo gigante con colmillos de vampiro que asoma del agua. Personas pequeñitas caen del barco y del mástil (casi todos de cabeza) al mar. En la punta del mástil, peligrosamente inclinado hacia la derecha, ondea una bandera roja con cuatro estrellas amarillas, una curiosa mezcla entre la de España y la de la Comunidad de Madrid.

 

Página 1

Texto: Érase una vez un pulpo gigante. Empezó atracando (sic) fuertes.

Ilustración: Se ve un fuerte rodeado de agua. Del agua asoma el pulpo terrible y sonriente con sus dientes de vampiro, que alarga sus cuatro tentáculos hacia los muros, de donde caen numerosos cuerpos humanos (casi todos bocabajo).

 

Página 2

Texto: Empezó a atacar barcos.

Ilustración: El pulpo gigante hace pesas con un barco, que alza a pulso con sus cuatro tentáculos. Varias personas practican la caída libre en diferentes direcciones.

 

Página 3

Texto: Rompió la presa y se inundó el pueblo.

Ilustración: El pulpo gigante sonríe, pícaro, tras la enorme pared de piedra que acaba de arrancar. Debajo, casas y personas se debaten entre las aguas embravecidas.

 

Página 4

Texto: Se inundó el castillo y los soldados tuvieron que refugiarse.

Ilustración: En el agua flota un castillo completamente inundado. En su interior, varias personas en diversas posturas agónicas, no se acaban de decidir entre morir ahogados, por asfixia o comidos por el pulpo, que asoma su cabezota tras las murallas.

 

Página 5

Texto: Se encontró unos barcos. Vieron al crakem. El crakem atacó por sorpresa.

Ilustración: Un barco lanza balas de cañón a mansalva sobre un pulpo empequeñecido —casi un calamar— que, ahora, parece francamente preocupado por las represalias.

 

Página 6

Texto: El craken murió, pero se volvió todo a la época moderna en guerra.

Ilustración: A la izquierda un castillo. A la derecha, en el cielo, dos aviones de caza. Abajo, trincheras. Por todas partes, un montón de soldados armados se emplean a fondo en fuegos cruzados (todos contra todos).

 

Página 7

Texto: Seguía la guerra, invadieron Suiza.

Ilustración: Dos aviones bombardean el terreno. Del tejado de una casita, a la derecha, asoma un bazooka de largo alcance que lanza proyectiles contra el avión más cercano, el cual no se queda manco con la balacera. Alfombran los campos neutrales de Suiza un montón de cuerpos inertes. «¿Para qué necesitamos a ese estúpido pulpo?», parece ser su último estertor.

Fin

12/01/2012 07:31. isabelcanelles Enlace permanente. Personal No hay comentarios. Comentar.

Los tiempos cambian

Los niños llegan de Asturias y se encuentran con los regalos de los Reyes de Madrid junto al árbol de Navidad. Abren cada uno los suyos con ansiedad. Elmo coge uno de los envoltorios y lee:
—Ji... lle...
—Guille —le digo—. Han traído un regalito para Guille.

Elmo me mira, sorprendido.
—¿Para Guille? ¿Aquí?
—Sí —le digo—. Creo que también han dejado un regalito para ti en casa de Guille.
—Ahí va... —dice Elmo, asombradísimo—. Fíjate con los reyes. Sí que saben...
—Sí que saben, sí...
—Cuando yo sea rey mago —dice Elmo, con cara de pícaro—, las cosas serán muy diferentes.

11/01/2012 07:53. isabelcanelles Enlace permanente. Personal No hay comentarios. Comentar.

Vicios de lectores

[RECETAS EXPRESS PARA MEJORAR NUESTROS RELATOS, LXI]

Es muy común que el autor escoja la primera persona para realizar una especie de interpretación de lo ocurrido de forma reflexiva, en abstracto, olvidando las acciones específicas y la concreción. Tenemos una enorme tendencia, que hemos de ir limando poco a poco, a explicar en lugar de mostrar.

Me da la impresión de que es este un vicio que nos viene de la lectura. Lo que hacemos como lectores es interpretar una serie de acciones de los personajes y unos hechos concretos, y abstraer una serie de conclusiones. Y cuando nos ponemos a escribir creemos —de forma inconsciente— que es dicha interpretación la que hemos de hacer llegar al lector de una forma literal, directa. Cuesta mucho acostumbrarse a que nuestro deber, como autores, es hilar una serie de hechos de tal forma que el lector pueda interpretar aquel sentido profundo que queremos expresar. Hemos de tomarlo casi como una cuestión de honor.

A menudo, pues, usamos la primera persona de forma equivocada. Aprovechamos que es el protagonista el que está experimentando lo que ocurre para trasladar al papel sus razonamientos y reflexiones, en lugar de ponerle a actuar. Y la primera persona no está para eso (aunque tampoco pasa nada porque de vez en cuando el personaje piense algo), sino para usar los matices de la voz narrativa y una focalización particular (la del personaje) sobre los HECHOS. Pero no hemos de olvidar que son esos hechos los que hemos de narrar, y no lo que piensa el personaje sobre ellos. En la misma forma de narrarlos irá la información necesaria para percibir la mirada particular que los está enfocando.

07/01/2012 08:36. isabelcanelles Enlace permanente. Escritura Creativa No hay comentarios. Comentar.

Regalo de madre

Los niños están en Asturias con Germán. Hablo con ellos por teléfono.
—Hola, Elmo, amor, ¿qué tal?
—Bien.
—¿Sí? ¿Os lo estáis pasando bien?
—Sí.
—¿Dónde estáis?
—En la cabaña.
—¿Sí? Qué bien. ¿Y qué hacéis?
—Pintar.
—Aaaah... ¿Y qué más habéis hecho?
—No me acuerdo. ¿Te paso a Ari?
—Bueno, vale. Oye, que te quiero mucho, y te echo de menos.
—Yo también. Adiós.
—¿Ari?
—Hola, mamá.
—¿Qué tal, cielo?
—Bien.
—¿Qué tal en la cabaña?
—Bien.
—Cuéntame algo de lo que habéis hecho, anda.
—No me acuerdo.

Está claro que no están muy lenguaraces hoy. Yo tampoco.
—¿Tienes ganas de que lleguen los Reyes Magos?
—Sí.
—Pues no se te ve muy entusiasmado.
—...
—Bueno, mi amor, te quiero un montonazo y no te digo las ganas que tengo de verte...
—Y yo.

De pronto se me enciende una lucecita.
—Oye —le digo.
—...
—Una cosa.
—...
—¿Sabes que mamá ha dejado de fumar? —digo bajito, casi avergonzada.
—¡¡¡¡¡¡BIEEEEEEN!!!!!! —suena al otro lado.
—¿Te alegras? —digo, riéndome.

Oigo a Elmo a lo lejos:
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
—Un momento, mamá —me dice Ari—. ¿Sabes qué, Elmo? Que mamá ha dejado de fumar POR FIN.

Se oyen vivas, gritos y risas.

Se me vienen a la memoria escenas de los últimos meses. Elmo y Ari leyendo con voz parpadeante las consignas de los paquetes de tabaco: «Fu... mar... ma... ¡TA!». Su cara de susto. «Pero mamá, aquí lo pone. Te vas a morir».

Señalando las escalofriantes fotos de gargantas cercenadas («Mamá, mira cómo se te va a quedar la garganta»), pulmones corroídos («Mamá, ¿tú tienes los pulmones así?»), caras macilentas («Mira, mamá, dentro de nada vas a tener esta cara de zombi»).

Tirando desesperados de mi mano en sentido contrario cuando entrábamos en el estanco. «Vámonos de aquí, mamá. Me has prometido cien mil veces que...».

Recibiendo secas respuestas de forense acostumbrado a trajinar con cadáveres, como «Todos nos vamos a morir, cielo» o «Tú a lo tuyo».

Por su imprevista alegría, deduzco su angustia anterior. Al fin y al cabo, no les quedaba otra que ver varias veces al día el miedo a que desaparecieran sus padres (su techo, su comida, su manta, su paraguas, su arrullo, su alivio, su tanque, su modelo...) escrito y dibujado en esquelas fúnebres sobre la repisa de la cocina, en la mesa del salón, olvidado en una banqueta del baño.

Les acabo de hacer, me acabo de hacer, un buen regalo.

Ángeles de cielo y tierra

Estamos Elmo, Ari y yo en un parque cercano a la nueva casa. Es ya de noche y no hay ni un alma. Hace frío. Me acurruco en un banco mientras los peques se persiguen mutuamente jugando a los piratas. Al cabo de un rato, vienen corriendo y se acurrucan junto a mí, uno a cada lado. Nos quedamos mirando el cielo, a través del vaho que sale de nuestras bocas.
—¿Quién conduce las estrellas? —pregunta Ari.
Eso solo lo sabe Elmo —digo—. Elmo: ¿quién conduce las estrellas?
—Los ángeles —contesta, orgulloso.
—Pues yo no he visto nunca un ángel, Elmo —protesta Ari.
—Porque aquí no existen —contrataca Elmo—. Pero allí arriba sí existen.
—¿Y cómo hacen para conducir las estrellas?

Elmo se encoge de hombros, incómodo.
—Pues conduciéndolas.
—Pero ¿van montados encima o las conducen desde dentro, Elmo? —pregunta Ari, insaciable.
—Desde dentro —improvisa Elmo.

Nos quedamos callados un momento, los tres tratando de visualizar las maniobras de los ángeles para manejar esa intensa y diminuta luminosidad.
—Pero ¿cómo, Elmo? —insiste Ari—. ¿Hacen un agujero y se meten por el agujero? ¿Y luego cómo lo cierran? ¿Y no se caen?

Elmo bufa, baja la vista del cielo y le dice a su hermano:
—Mira, Ari, ¿quieres que te cuente mejor todas las travesuras que me sé?



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