Primer relato autobiográfico
Por la mañana, mientras estoy en la ducha, oigo a Elmo y a Ari discutiendo en la habitación.
—¡Elmoooooo! —protesta Ari—. ¡Que estaba jugando yo con el tren!
Se oyen cada vez más fuertes las protestas de Ari, hasta que grito:
—Si seguís así olvidaos de ver una peli luego...
Después, todo se queda en silencio. Cuando termino de ducharme y vestirme, me acerco a la habitación de los niños, extrañada por tanta tranquilidad. Ari está jugando con el tren, y Elmo en su mesa escribiendo en una nueva libreta que le regalé ayer.
—¿Qué haces? —le pregunto.
—Mira todo lo que he escrito, mamá —me dice Elmo, orgulloso.
Ha rellenado con su letra apretada toda una cara.
—¡Hala! ¡Cuánto has escrito! ¿Me lo lees?
Elmo se ríe y tapa la libreta, vergonzoso.
—Bueno, vale... —dice, al fin.
Y me empieza a leer lo que transcribo a continuación (copiado luego a hurtadillas del original):
—caraculo eso es loque es mi ermano...
Yo tuerzo el gesto y Ari se vuelve, sorprendido. Nos miramos y nos echamos a reír.
—Pues si yo soy caraculo —dice Ari— tú eres tontolaba.
—Es un cuento —se justifica Elmo—. Es de un niño que se fuga.
—¿Ah, sí? —digo, intrigada—. A ver, lee, lee.
Y Elmo lee, tratabilleando:
caraculo eso es loque es mi ermano no me deja enbaz bueno ieso es mui pesado ies muy quejica el se dibierte mucho pero llono bueno i eso llo mefugode casa me ire a bibir a casa de mi a migo guille si ai melo pa sar re mui bien ella no estara mimama nose que acer la quiero mucho asique no me fugo mequedo aqui con mimadre y encuanto ari le tendre que aguantar.
Termina de leer y me mira, vergonzoso. Yo me he quedado con la boca abierta.
—¡Qué bien escribes, Elmo! Es precioso... —le digo—. ¿Y a que te ha servido escribirlo?
Elmo asiente con la cabeza.
—¿A que escribiéndolo se te ha pasado el enfado?
—No estaba enfadado —dice Elmo—. Es un cuento, no es verdad.
¿Cuál es el truco?
Vamos por la calle, a la salida del colegio.
—Me hago caca, mamá —suelta Ari.
—¿Aguantas?
—No —dice, apretando las piernas.
—Vamos a un bar.
Estamos en la plaza de Tirso de Molina, y todos los bares por los que pasamos lucen un cartel que reza: «Los servicios de este establecimiento son para uso exclusivo de los clientes». Pasamos tres bares con el mismo cartel. La angustia de Ari va en aumento. Finalmente damos con uno que no luce ese cartel. Nos dejan pasar al baño y bajamos las escaleras a todo correr. Ari se mete rápidamente en el baño de chicos. Elmo y yo esperamos fuera.
—¡Mamá! —dice Ari desde dentro.
—Dime.
—¿Puedes entrar?
Cuando abro la puerta, ya me imagino lo que ha pasado. En efecto, una plasta de caca está instalada en el calzoncillo.
—¡Vaya por Dios! A ver, vamos a quitar los calzoncillos, cielo —le digo.
Mientras le quito las playeras y los pantalones, Elmo se asoma.
—¡Aaaaaag! —grita—. ¡Qué asco! ¡Ari, te has cagado!
—Elmo, por favor, cállate. Bastante tenemos ya... —le digo.
—¡Qué asco! ¡Qué mal huele! —dice, haciendo aspavientos.
—Vete de aquí, Elmo. Espera fuera, por favor, y no me pongas más nerviosa de lo que estoy.
Elmo sale del baño. Yo le quito los calzoncillos a Ari y los tiro a la papelera. Le levanto de la taza y me pongo a limpiarle con papel toda la caca que tiene en las piernas y en el culo, que es bastante, y parece que no se termina nunca. Luego limpio la que se ha esparcido por la tapa del váter y pienso que, si este bar no tiene puesto el dichoso cartel, lo van a poner en breve. Después tiro de la cadena y limpio con la escobilla los restos de porquería que quedan pegados en los bordes del váter. Pongo a Ari los pantalones y las playeras. Y, por fin, salimos del local en tropel, con cara de inocentes. Yo estoy agotada, como si acabase de correr los cien metros lisos. Ari me da la mano.
—¡Puaj! —dice Elmo—. ¿Y le das la mano? Seguro que tiene caca. Qué asco.
—Elmo, déjalo ya, ¿vale? —le digo, enfadada, y a Ari, revolviéndole el pelo—: Tú ni caso. No pasa nada, ¿eh, cielo?
Ari se aplasta contra mí, algo avergonzado, y yo le abrazo. Elmo sigue:
—Cuando tenga hijos, no pienso hacer ESO —dice.
—No pasa nada, Elmo, no veas la de veces que te he limpiado a ti el culo.
Elmo arruga la nariz y frunce la boca. Seguimos caminando en silencio.
—Mamá —me dice Elmo al cabo de un ratito, mirándome admirado—: ¿cuál es el truco?
Si nunca han llorado ustedes
Mientras yo hago la cena, Elmo está haciendo los deberes, con los cascos puestos. Se despista cada dos por tres y se queda mirando al vacío, cantando.
—Elmo, la cena está casi lista y tienes que acabar los deberes.
A la cuarta vez que se lo tengo que decir, le quito los cascos. Él se queda de brazos cruzados sobre el cuaderno de Lengua.
—Termina los deberes —repito.
Coge el lápiz, y yo vuelvo a mis cosas, pero cuando me doy la vuelta, al cabo de un minuto, está de nuevo de brazos cruzados, indolente. A la tercera vez que me hace lo mismo, me desespero.
—¡Haz los deberes ahora mismo o te vas a la cama sin cenar! —le grito.
Entonces, a Elmo se le cambia la cara y pone un puchero.
—¡Es que no me dejas ni tiempo!... —dice, sollozando—. ¡Ni tiempo para coger el lápiz!
—Sí, no te digo... —susurro, enfadada, mientras sigo haciendo la cena.
—Vaya madre que tengo, que me grita en vez de animarme —sigue.
—¡Vale ya! —le corto.
Durante la cena, tanto Ari como Elmo están inquietos, y se levantan varias veces para ir al baño o para coger algo o para discutir. En una de esas, Ari le dice algo al oído a Elmo.
—Mamá, Ari ha dicho hijo de puta.
—Vale ya. Se acabó. Terminad de cenar de una vez.
—Es que Ari ha dicho hijo de puta —sigue Elmo, provocador.
—Elmo, la próxima vez que digas esa palabrota, te vas a la cama y ya está.
Elmo se levanta, muy digno, y sale por la puerta de la cocina.
—¿A dónde vas? —le pregunto.
—Me alejo de ti —me dice.
—Ven aquí ahora mismo y termínate el yogur que te acabas de abrir —le digo, más que harta.
Elmo vuelve y se sienta.
—Me habías dicho que me fuese a la cama.
—No, te dije que si repetías esa palabrota te ibas a la cama.
—Yo no he dicho ninguna palabrota, la ha dicho Ari.
—Ya, y tú la has repetido dos veces.
—Porque la había dicho Ari. Ari me había dicho al oído...
—¡Se acabó! —estallo.
Elmo me mira a los ojos, desafiante.
—Estás más tonta... —me dice.
Cierro el cuento de Tintín de golpe, pongo la cabeza a su altura, a pocos centímetros de su cara y le digo, tremendamente seria:
—No vuelvas a insultarme, Elmo. ¿Te acuerdas? Tú mismo lo dijiste: insultar a los padres es lo último. No vuelvas a hacerlo.
Se queda desconcertado, con la barbilla temblando. Oigo, detrás, la voz de Ari.
—Mamá —me dice—. Ya no quiero más.
—Venga, vamos a la cama, Ari.
Me llevo a Ari, y cuando le acuesto, regreso a la cocina. Elmo se está terminando el yogur. Me mira, enfadado. Me pongo a recoger los platos de la mesa.
—Estoy muy enfadada contigo, Elmo —le digo.
—Pues no me hables —dice.
—Te hablo porque quiero que sepas que estoy enfadada.
Se levanta y sale de la cocina. Lo sigo hasta el baño.
—Tienes que darte cuenta —le digo, más tranquila— de que lo último que puedes hacer es perderle el respeto a tus padres. Eso es lo peor para ti mismo.
—¿Y vosotros qué con vuestro hijo? —dice, mientras se echa pasta en el cepillo de dientes—. Me regañáis, me gritáis, me pegáis...
—¿Cómo que te pegamos? —le corto, tajante—. ¿Cuándo te hemos pegado?
—¿Te acuerdas de ese día que estábamos en la cocina de la casa de Pozas? Yo estaba mirando por la ventana y tú me cogiste y me diste una bofetada —me dice, apuntándome con el cepillo de dientes.
—No estabas mirando por la ventana, Elmo —le digo, con la sangre a punto de ebullición—. Estabas con una pierna subida a la barandilla, amenazando con tirarte por el balcón.
—Pero ese día me pegaste.
—Estaba asustadísima, y tenías que entender que no podías volver a hacer eso.
—Pero me pegaste.
—Vaya, cómo te acuerdas de la única vez que te he pegado, y no te acuerdas de todo lo bueno que hemos hecho por ti —le digo, mirándole fijamente—. No tienes unos malos padres, Elmo.
—No sé... —dice, mientras se lava los dientes y pone, mirándose al espejo, cara de dolor.
—Tienes unos buenos padres, y lo sabes. Cometemos errores, como todas las personas. Pero tienes que entender que nosotros somos los padres y tú el hijo.
—Yo cuando tenga un hijo no le trataré así.
—Tú, cuando tengas un hijo, tendrás tu propia forma de tratarle —le digo—. Pero, mientras seas hijo, tendrás que respetar a tus padres para no perderte el respeto a ti mismo. Yo sé que tú quieres ser mayor, pero aún tienes seis años y has de hacer caso de lo que te decimos.
—Yo no quiero ser mayor, pero quiero que me respetéis —me dice, mirándome quieto, con la pasta escurriéndole por la barbilla.
—Yo trato de respetarte, Elmo —le digo, compungida—. Y cuando cometo algún error, luego te lo digo. Pero cuando repito las cosas un montón de veces y no me haces caso, es normal que me enfade, ¿no crees?
—Y también es normal que yo me enfade cuando me gritas —dice, mientras se aclara la boca—. ¿Por qué vosotros podéis cometer errores y yo no puedo? ¿Por qué me gritas si cometo un error?
Me quedo unos segundos pensando qué contestar.
—Claro que puedes cometer errores —le digo—. Pero estaría bien que admitieras alguna vez que los cometes.
—Tú no lo admites.
—Yo sí lo admito.
—Algunas veces no lo admites. Perdón.
—Casi siempre lo admito, caramba —digo, ya de los nervios—. Y en cualquier caso...
—¡Te he dicho que perdón! —dice Elmo, histérico—. ¿Ves? Ni siquiera me escuchas.
—Ah, ¿me estabas pidiendo perdón? Lo siento. Vale, te perdono —le digo, más blandita—. Anda, venga, a la cama.
—¿Y tú? Tú no me has pedido perdón —me dice, mientras se dirige a su cuarto—. Yo también te tengo que perdonar a ti.
—A ver, Elmo. Tú eres el que me ha pedido perdón, y por lo tanto yo soy la que te tengo que perdonar. Yo no tengo que pedirte perdón, porque no he sido yo la que te he insultado, sino tú a mí. Y también el que ha repetido la palabrota.
—Solo para que supieras lo que había dicho Ari —dice Elmo, ya subido a su litera.
Esto es la historia interminable, así que suspiro y trato de desviar la cuestión.
—Anda, ponte el pijama.
Elmo se quita la camiseta y la tira al suelo desde la litera. Me pongo en jarras.
—¿Y esto? —le digo, muy seria—. ¿Qué te parece esto de tirar la ropa al suelo? Baja y recoge la camiseta.
Mientras baja por las escalerillas, se cae un perro de peluche de la litera. Pego un bufido.
—No lo he tirado.
—Sí la has tirado —le digo, pensando que se refiere a la camiseta—. Ah, vale, el perro no, el perro no lo has tirado, pero la camiseta sí.
Mientras la recoge del suelo, me dice:
—¿Ves? Has cometido un error.
—No he cometido ningún error.
—Sí, me has dicho que...
—¡Vale ya, por favor! —digo, desesperada.
Elmo se sube en silencio a la litera y se pone el pijama. Coge un cuento de un taco que tiene encima de la cama.
—Nada de cuentos, que es tardísimo —le digo—. A dormir.
Elmo cierra el cuento de golpe y se da con él varias golpes en la cabeza.
—Aaaaaaaayssssss... —dice, exasperado con su madre.
Le quito el cuento de las manos y lo pongo en la estantería. Salgo de la habitación a por unos calcetines. Cuando vuelvo, Elmo se está dando en la cabeza con otro cuento. Se lo quito de las manos y mientras lo pongo en la estantería, le digo:
—¿Ya está o tienes más cuentos con los que pegarte en la cabeza?
Le quedan aún tres cuentos, con los que se va pegando en la cabeza con uno detrás de otro y que yo voy colocando en la estantería consecutivamente, tratando de no darle importancia. Luego apago la luz. Elmo se tumba de espaldas a mí. Le hablo bajito, desde el borde de la litera.
—¿Sabes lo que pasa? —le digo—. Eres un niño muy listo para la edad que tienes. Y eso no es fácil, ni para ti ni para mí. Pero en realidad no pasa nada, todo está bien.
—No quiero discutir —dice, con voz triste.
—No está mal que discutamos. ¿Te gustaría que te dijese las cosas «porque sí» o «porque no»? —le digo, suavemente—. Eso no funcionaría, ¿a qué no?
Elmo niega con la cabeza, se revuelve un poco y se acerca a mí.
—¿Me das un beso? —le digo.
Se da la vuelta y nos damos un beso. Luego se vuelve de nuevo contra la pared.
—¿Estás bien? —le pregunto.
—Sí —dice.
Me apetece abrazarle, pero me doy cuenta de que forma parte del enganche, así que salgo de la habitación. Al cabo de unos minutos, me vuelvo a asomar. Se escuchan los ronquidos suaves de Elmo. Suspiro, y me acuerdo de una frase del relato de David Foster Wallace Encarnaciones de niños quemados: «Si nunca han llorado ustedes y quieren llorar, tengan un hijo».
La esclavitud del verano
(Conversaciones en el autobús I)
Venimos en los asientos de detrás del autobús procedente de Buitrago, después de pasar el día en Piñuecar, el pueblo de mi amiga Berna. Ari va dormido sobre mis piernas. Elmo, al otro lado, va mirando por la ventanilla. Se vuelve, con cara de aburrido.
—¿Qué vamos a hacer este verano, mamá? —me pregunta.
Y yo me pregunto si es una pregunta-trampa.
—No sé —respondo, cauta.
—No nos vais a apuntar al campamento de la Cruz Roja, ¿no?
—Pues lo más posible es que sí, Elmito —le digo—. Papá y mamá no se pueden permitir pagar un campamento.
—Pero no quiero ir a ningún campamento.
—Mira, en agosto claro que estaremos con vosotros. Pero en julio y en septiembre papá y mamá tienen que trabajar...
—Pero me puedo quedar en casa. Ya soy mayor, me portaría bien... —implora Elmo.
—No lo entiendo, ¿qué problema había en el campamento de la Cruz Roja? Si hacíais un montón de cosas...
—Sí, ya, un montón de cosas... —protesta Elmo—. Un montón de cosas aburridísimas. Y había un montón de niños aburridísimos.
—¿Cómo? Si estaba Marc.
—Marc se fue, y a mí me dejasteis allí —dice, en tono de reproche.
—Pero luego llegó Guille.
—Ya, pero nos aburríamos los dos allí encerrados.
—¿Cómo que «allí encerrados»? Mira que eres exagerado —protesto—. Os sacaban casi todos los días. Y no me digas que no, porque por entonces vivíamos en Pozas y yo os veía pasar desde la ventana de mi despacho...
—Ya, ya... ¿Sabes lo que hacíamos? Primero nos hacían dibujar carteles de publicidad de la Cruz Roja, y luego nos sacaban a pegarlos por las calles. «Vengan a la Cruz Roja», decían los carteles —dice Elmo con voz de falsete.
—Buenoooo... Ahora solo falta que me digas que os usaban como esclavos...
—Pues sí —dice Elmo, ofendido—. ¿Y sabes lo que poníamos al final Guille y yo en los carteles?
—¿Qué?
—«NO vengan a la Cruz Roja».
—¿Hacíais eso?
—Ajá. Y luego poníamos también: «Sáquennos de aquí. ¡Socorro!».
—¿Y pegabais esos carteles por la calle? —pregunto, alarmada.
—Ajá —dice Elmo, y da por terminada la conversación poniéndose a mirar por la ventanilla de nuevo.
Yo trago saliva y me digo que, en efecto, era una pregunta trampa.
Cuando el narrador es un niño
[RECETAS EXPRESS PARA MEJORAR NUESTROS RELATOS, LXVII]
Cuando el narrador protagonista es un niño y lo que importa mostrar es el presente narrativo, no se puede usar exactamente el lenguaje de un niño (en ese caso no tendríamos margen apenas para narrar y la historia se empobrecería desde el punto de vista de una lectura adulta). Pero sí hemos de poner los medios necesarios para que al lector se lo parezca.
Por ejemplo, se pueden narrar las acciones con un lenguaje algo más elevado y matizado que el de un niño, aunque hay que procurar no analizarlas ni elaborarlas demasiado para que no se hagan inverosímiles.
Hay que tener un especial cuidado, no obstante, de que todo lo que tenga que ver con la mirada y las percepciones en general no esté tamizado por otra voz distinta de la del niño. Por ejemplo, si se usa la palabra «repulsivo» para referirse a algo que ve el protagonista, al lector le puede surgir la duda de si el niño usaría esa palabra (¿no diría quizá «horroroso» o «un asco»?). Es algo que percibe directamente el niño, y de esa forma directa ha de transmitirlo el narrador.
Intención y lenguaje han de ir, pues, íntimamente unidos.
La batería
Hace unas semanas llevé a los niños a mi fisioterapeuta, Ángela. Mientras Elmo estaba dentro, Ari y yo leíamos un cuento de dinosaurios en la salita de espera. Después de más de media hora, Ángela salió y me dijo que entrase a la consulta. Elmo roncaba dulcemente sobre la camilla.
—¿Qué tal estaba? —le pregunté a Ángela en voz baja.
—Bloqueadito.
—Vaya.
—Tienes que abrazarlo mucho —me dijo Ángela al oído—. Necesita tus abrazos.
—Ya lo abra...
—Más —cortó Ángela, y salió para lavarse las manos.
Desde entonces abrazo a Elmo por la calle, mientras se lava los dientes, cuando leemos un cuento, antes de hacer los deberes, después... Le tiendo emboscadas por el pasillo, le acecho en las escaleras mecánicas, le cubro con mi cuerpo en el ascensor. Él me mira, entre asombrado y complacido.
Hace poco, en uno de esos abrazos, le dije:
—Es como una batería, ¿verdad?
—¿Qué?
—Que los abrazos de las mamás son como una batería que te recarga, ¿no?
Elmo tardó un poquito en contestar.
—Sí —sonó como un eco desde las profundidades de mi tripa, donde tenía hundida la cabeza.
Desde entonces, Elmo no deja de abrazarme. Me para por la calle, me embiste por el pasillo, me asalta al salir del baño.
Lo llamamos la batería. Acopla los brazos a mi cintura y enchufa su cabeza en el hueco blando que hay entre las dos filas de costillas. A veces me parece sentir un leve temblor acompañado de un murmullo, como el ronroneo de un gato o el de un frigorífico viejo.
Adecuación de los modismos
Llegamos tarde al cole y salimos a todo correr del metro de La Latina. Ari se queda atrás.
—¡Ari, vamos, corre! —grito.
—¡Ari!... —protesta Elmo, nervioso—. Que eres más lento que la tortuga del malo.
El ojo clínico de las gallinas
Estoy haciendo una tortilla de patatas, y Elmo me va a ayudar a batir los huevos. Le pongo cinco huevos en hilera encima de la mesa para que los vaya cascando y echando en un bol. Ari los mira atentamente.
—Mamá —dice—, ¿cómo puede ser que las gallinas pongan unos huevos para que nazcan pollitos y otros huevos para comer?
Miedos discrepantes
El pediatra, al hacer la revisión a Elmo y a Ari, nos manda de cabeza al dentista, ya que tienen una caries cada uno del tamaño de un oleoducto. Mientras nos dirigimos al dentista, les voy explicando, lo más suavemente posible, en qué consiste un empaste. Ari está en las nubes, como siempre, mientras Elmo me escucha con suma atención.
—¿Te pinchan con una aguja inmensa y luego te meten una taladradora en la boca, mamá? —me pregunta, horrorizado.
—No exageres, cielo; yo no he dicho eso.
Ari despierta por un momento de su letargo feliz y me pregunta, inquieto:
—Mamá, ¿y en el dentista nos hacen quitarnos toda la ropa?
Desdoblamiento del narrador protagonista
[RECETAS EXPRESS PARA MEJORAR NUESTROS RELATOS, LXVI]
El narrador protagonista sufre una especie de desdoblemiento, porque por un lado tiene que hacer las funciones de personaje (llevando el peso de la acción) y, por otro, las de narrador (contando lo que sucede de forma clara e intencional).
Pero eso solo cara al escritor. Cara al lector todo ha de estar unificado; este ha de vivir personaje y narrador como si fuesen uno solo. Si el lector percibe ese desdoblamiento es que algo ha fallado. Es como si tu interlocutor de pronto pone voz de falsete, o se da aires de grandeza, o mira hacia otro lado al hablarte y tú sabes, entonces, que te está contando una mentira.




