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En algún momento tenía que decírtelo

Personal

Los copiotas de los chinos

Los copiotas de los chinos

Venimos del colegio Elmo, Ari y yo. Estamos esperando el metro sentados en un banco del andén. Ari reposa su cabeza sobre mi regazo.
—Mamá —me dice—, ¿sabes qué?
—Qué.
—Que me he inventado unas letras nuevas.—¿Ah, sí? ¿Y cómo son?—Mira, por ejemplo, tú dibujas una silla —Ari dibuja una silla en el aire—, y eso quiere decir «Estoy sentado». O dibujas una cama, y eso quiere decir «Estoy durmiendo».
—¡Genial! —digo—. ¿Sabes cómo se llaman las letras que acabas de inventar? «Ideogramas».
—¿Cómo? —pregunta Ari, levantando la cabeza de mis piernas.
—Sí. Los chinos escriben así. ¿Has visto esas letras que son como dibujitos? Pues cada dibujito expresa una idea.
—Pero si me lo he inventado yo —dice, enfadado—. Los chinos son unos copiotas.

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La terquedad

La terquedad

Elmo y Ari están haciendo los deberes en la mesa del comedor. Fuera, llueve. Ari se queda distraído, mordiendo el extremo del lápiz y mirando hacia la nevera.

Sobre ella, reposa un candelabro cuyas velas, con los calores del verano pasado, se fueron venciendo hasta apuntar hacia abajo, y que he conservado como una bella y siniestra metáfora de la situación mundial.

(Por no ponerme fálica).

Ari está harto de verlo allí plantado, pero hoy vuelve la vista hacia mí y, muy seriamente, me dice:
—Mamá, esas velas están tristes.

*******

Estoy sola en casa. Suena el telefonillo. Los niños están con su padre, pero vienen para coger el patinete y el skate. Entran como una exhalación por la puerta, me dan un abrazo, inspeccionan la casa entera para ver si todo sigue en orden en sus aposentos, cogen sus vehículos, me dan otro abrazo y se apresuran a desaparecer de mi vida de nuevo. Sin embargo, Ari frena en seco en el umbral de la puerta y me dice:
—Mamá, te he dicho mil veces que cambies esas velas de sitio. Que ahí se sienten muy tristes.

Cuando se han ido, me quedo pensando que puede que sea tan fácil como ceder a cambiarnos de sitio, a variar nuestra perspectiva de las cosas, para enderezar el mundo.

*******

Después de tres semanas, el candelabro sigue allí, sobre la nevera.

Somos así de tercos.

De lo concreto a lo abstracto

De lo concreto a lo abstracto

Respuesta de mi hijo Elmo a una pregunta de un test psicológico:

. Si ves por la calle a un hombre con una mujer piensas en...  
mi futuro.

 


Eso es amor

Mientras vamos andando hacia el colegio, Ari me abraza por el costado y me dice.
—Te quiero mucho, mamá.

Yo le paso el brazo por los hombros y le aprieto.
—Yo también, cosita.
—No te puedo describir lo tanto que te quiero —dice Ari, apretándome más fuerte y hundiendo la cabeza en mi abrigo.
—Hale, pues sí que me quieres... —digo, admirada.
—Te quiero desde el momento en que nací —continúa Ari con voz de falsete, y asomando sus ojos traviesos añade—: cuando sacaba una mano de tu tripita ya te estaba queriendo.

Visión de futuro

Vamos andando por la calle Elmo, Ari y yo. Nos cruzamos con un hombre que lleva a un cachorro lleno de rizos.
—¡Qué mono! —dice Ari.

Elmo mira alternativamente al perro y a Ari y dice:
—¿A quién prefieres, Ari? ¿A ese perrito o a mí?

Ari no se lo piensa ni un segundo.
—A ese perrito —responde con fruición.

Elmo se hace el indiferente y sigue andado. Al cabo de un rato le dice a su hermano.
—Pues que sepas que cuando se hayan muerto papá, mamá, la tía Bego, el tío Ramón y las abuelitas, solo te quedaré yo en el mundo. —Hace una pausa y añade—: Ese perrito también estará muerto.

Si levantaran la cabeza... les entraría la risa

Ari y Elmo están haciendo los deberes. Elmo va a coger una goma de borrar al cajón de la cómoda y se queda mirando la foto de mi padre con ojos melancólicos.
—Nosotros solo tenemos abuelas, ¿a que sí, Ari?
—Sí —contesta Ari, distraído—. Los abuelitos ya nos los hemos gastado.

Entendimiento idiomático

—Mamá, ¿el inglés es el idioma oficial del mundo? —me pregunta Elmo.
—Bueno... oficial, oficial... Digamos que es el más extendido.

—¿Pero no es el oficial? —pregunta Ari.
—No —contesto—. Cada país tiene su idioma oficial. El idioma oficial de España es el español. El idioma oficial de Francia es el francés...

—¿Y por qué tenemos que aprender inglés? —protesta Elmo.
—Porque realmente el inglés se habla en todo el mundo, y os va a ser muy útil cuando seáis mayores.

—¿Pero es obligatorio?
—Ya sé por dónde vas, Elmo... —digo—. Sí, en vuestro colegio es obligatorio.

Se quedan los dos pensativos.
—Mamá —dice Ari al cabo de un rato—. ¿Los ingleses con los ingleses se entienden en inglés?
—¡Pues claro! —contesto.
—Pues yo creo que los ingleses con los ingleses hablan en inglés, pero se entienden en español.

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Solución peregrina

Es sábado por la mañana. Estoy en mi despacho y entran los niños en tromba.
—¿Qué vamos a hacer hoy, mamá? —me pregunta Elmo.

—Bueno... pues tenemos que ir a comprar, hacer algo de deberes, preparar la comida... —digo, y veo la cara de decepción que ponen los dos—. Cuando salgamos a comprar, eso sí, os daré la paga para que os compréis lo que queráis, ¿vale?

—¡Yo quiero una pistola de agua! —dice Elmo al instante.

—No, nada de pistolas de agua —digo, contrariada—. Estamos en enero, hijo. A dos grados de temperatura.

Elmo se queda pensativo un momento y dice, conciliador:
—Bueno, pues le echo agua calentita.

Versión libre de 'Los tres erizos'

Elmo, como todos los fines de semana, tiene que hacer una ficha con algún libro que se haya leído. Este domingo la ha hecho de Los tres erizos, de Javier Sánchez Castán, que le han traído los Reyes. El texto original es el siguiente [1]: 

Unos erizos salen de su casa de buena mañana. Buscan qué comer. Han encontrado un hueco en el seto, ¡qué desfachatez! Se hacen una bola y ruedan por el suelo. Pinchan las manzanas. Son para comer.
—¡Roban con descaro! —chilla una corneja al verlos salir sin prisa a los tres.

Y los tres erizos vuelven a su casa pensando en manzanas sobre su mantel. Ya las han comido. ¡Qué ricas estaban! Y caen dormidos los tres a la vez.
—¡Ay de mis manzanas! Me las han robado —lejos, en el huerto, grita una mujer.

Tocan las campanas. Salen a buscarlos. Mientras, los erizos roncan de placer. Buscan y no encuentran. ¿Dónde se han metido? Comienza el invierno y no se dejan ver. No se ven sus huellas. Hay que regresar... ¡ya se enterarán!

Es la primavera. No lo han olvidado. Vuelven a buscarlos, los quieren prender. Y los tres erizos ya se han despertado. Sus lindos hocicos asoman al sol. Cuando, de repente, ¡los han encontrado!
—Allá —dice uno—. Son aquellos tres.

Grazna la corneja:
—Los han atrapado.

Lloran los erizos:
—¡No nos disparéis!

—¡Bajad los fusiles! ¡Mirad en el prado! ¿No es eso un manzano? —dice la mujer.
—Fueron los erizos quienes me plantaron —les habla el manzano—. ¿Y los mataréis? Pues unas pepitas pequeñas tiraron cuando celebraban su rico festín. Y con las lluvias primeras de marzo, nací yo, el manzano, en este jardín.

Bajan los fusiles bien avergonzados, mientras los erizos bailan a sus pies. Les tienden las manos y los condecoran para agradecerles su buen proceder. Y los tres erizos celebran contentos. Y siguen bailando al anochecer. 

Elmo se lee con atención el cuento y, después, se pone a escribir la ficha. Al cabo de un ratito me pregunta:
—Mamá, ¿en la ficha puedo copiar el cuento?

—No —digo, escandalizada—. Se trata de que hagas un resumen. Además, se te da muy bien resumir. Tú haz como si me contases a mí el cuento sin mirar, solo que lo pones por escrito.
—Bueno —dice Elmo—. Copio solo el principio, ¿vale?

El resultado es el siguiente:

Unos erizos salen de su casa de buena mañana. Buscan qué comer. Han encontrado un huerto, ¡qué desfachatez! Se hacen una bola y ruedan por el suelo. Pinchan las manzanas. Son para comer. Andan acia casa mientras ellos comen sin parar muy lejos de allí la señora grita las an robado bienen unos hombres que ban a por ellos pero no los encuentran lla llego el imbierno se tienen que marchar llego la primabera salen de su madrigera los llegan a encontrar pero firman la paz al siguiente dia se celebro el banquete que los ericitos llevaron preparando desde aller.

the end



[1] Espero que Javier Sánchez Castán y/o Ediciones Ekaré no me fusilen por reproducir el texto. Si no lo hago, es imposible ver el resumen semirrimado que ha hecho Elmo. Por otra parte, las ilustraciones y el formato teatral son importantísimos, así que animo a todos los que me lean a comprar el libro, que es una preciosidad.

Diminutivos

Elmo está haciendo los deberes.
—Mamá, ¿qué eran los diminutivos, que no me acuerdo?
—me pregunta.
—Son las palabras terminadas en -ito, -ita. Por ejemplo, de «pequeño», «pequeñito»...
—Ah, sí, sí, no me digas más, que ya me acuerdo —dice, volcado sobre su cuaderno de lengua.

Me acerco y miro por encima de su hombro. Está escribiendo el primer diminutivo de una lista de palabras:

Gallina - pollito

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Algo malo tenían que tener

Cuando llegamos del cole, Elmo se encierra en el baño. Me acerco a la puerta y le digo:
—Elmo, no cierres con cerrojo, ¿vale?
—¿Por qué? —pregunta.
—Porque es peligroso —digo—. Y nadie va a entrar, así que no es necesario que te encierres.

Elmo descorre el cerrojo refunfuñando y yo me voy al salón. Al cabo de un rato aparece Elmo.
—¿Sabes lo único que no me gusta de los Reyes Magos? —me dice—. Lo único, ¿eh?
—Qué.
—Que me ven cuando hago caca.

Estética mal conjugada

Los niños han llegado de Asturias hace un rato. Una semana sin verlos es suficiente para percibir los cambios que el día a día borra de la percepción.

Mientras cenan, me quedo mirando a Ari. Tiene cara de sol.
—Estás guapísimo —digo, cogiéndole las mejillas—. Y has engordado.

Inmediatamente, Elmo se levanta de la silla, se planta frente al espejo, se palpa la barriga con preocupación y dice:
—Sin embargo yo he aflacado.

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