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En algún momento tenía que decírtelo

Hay sustitutos que matan

Elmo y Ari están en Barcelona con su tía Bego una semana. Los llamo por teléfono y hablo con Elmo.
—Hola, mamá —dice con voz apagada.
—Hola, amor mío, ¿qué tal?
—Bien.
—¿Qué haces, cielo?
—Estoy viendo la peli de El jorobado de Notre Dame.
—Hale, qué bien. ¿Qué tal lo estáis pasando?
—Bien —dice, con tono fúnebre.
—¿Bien? ¿Y por qué me lo dices así?
—No sé. Estoy así.
—¿Estás mohíno?
—No sé.
—¿Estás triste?
—Un poco.
—¿Echas de menos a papá y a mamá?
—Sí.
—Pero ¿no te lo estás pasando bien?
—Sí.
—¿Entonces?
—No sé.
—Te lo estás pasando bien, pero te gustaría estar con papá o con mamá. ¿Es eso?
—Sí.
—Vaaaaya... Mira, ya queda poquito para que nos veamos, amor —silencio al otro lado—. Yo también te echo mucho de menos...
—Adiós, mamá —dice, como quien suelta el último estertor.
—Cielo, no me dejes así —le digo, angustiada—. Dime algo alegre.
—Prium-prium.
—¿Cómo? ¿Prium-prium? ¿Qué es eso?
—Una metralleta.
—¿Una metralleta? ¿Una metralleta es alegre?
—Es mi nueva metralleta —dice, algo más animado—. Me la compré ayer.
—Hale...
—Tiene dos mangos para agarrarla. Y también tiene una correa para llevarla colgada. Y tiene para tirar balas. Y luego tiene para tirar misiles —Elmo parece haber olvidado su melancolía—. Es super.
—Super —digo, ni medio convencida.
—Espera, mamá —dice Elmo, eufórico—. Voy a matar a Ari.

Empiezo a oír un sonido infernal por el teléfono. Me viene a la memoria que cuando nació Ari, mientras yo estaba en el hospital, Elmo me sustituyó por una galleta María, que no soltaba ni para dormir. Cinco años después, mientras espero a que mate a su hermano, me pregunto cuántas metamorfosis podrá soportar un arquetipo antes de saltar por los aires.

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