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En algún momento tenía que decírtelo

No hay tiempo que perder

Estamos Elmo, Ari y yo tirados en las hamacas de la piscina de un cámping de Salou. Me estoy leyendo No hay tiempo que perder, de Pema Chödron.
—Mamá —me dice Elmo, mirando la contraportada del libro—, ¿quién es esa señora?
—Es alguien que lleva muchos años enseñando a meditar.

—Mamá, ¿tu profesora de meditación tiene muchos alumnos?

—¿La lama? Muchos —contesto—. Y yo no diría que es exactamente una profesora. Es una maestra.
—¿Y cómo se aprende a meditar?
—Conociendo lo que pasa en tu mente.
—Pero mamá —protesta—, es imposible vaciar la mente de pensamientos.

Lo miro asombrada.
—Exactamente —digo, reconociendo uno de los primeros errores que solemos cometer al meditar—. Es imposible. No se trata de vaciar la mente de pensamientos.
—Porque si dejas la mente en blanco, eso también es pensar —Elmo sigue con su razonamiento—. Es como si la dejas en verde o en azul.

Me echo a reír y asiento.
—Eso es. Eso sería otro pensamiento. Lo que hay que procurar es no quedarse enganchado a los pensamientos.
—¿Y eso qué es?
—¿Sabes cuando te digo que no te enganches a algo, a un enfado o a pegar a tu hermano o lo que sea? Por ejemplo, piensa en algo que no te guste.
—El niño ese imbécil del cámping que va con Iván. Le mataría, le machacaría la cabeza, le...
—Eh, eh, para ahí... —digo—. ¿Ves? Pues si estás meditando, y se te pasa ese pensamiento por la cabeza, ¿qué harías?

Elmo se queda pensando un poquito.
—Ya sé —dice, triunfal—, ¡le pegaría una patada!
—Esa es otra de las cosas que hay que procurar no hacer —digo, reconociendo el segundo error en el que caemos los meditadores—. Se trata de, cuando te des cuenta de que estás enganchándote a eso, soltarlo, relajarte. Y entonces, el pensamiento se disuelve solo.
—¿Meditar es como ver una pantalla grande, toda llena de cuadraditos que se encienden y se apagan, y los cuadraditos son los pensamientos?
—Bueno... es una excelente comparación —digo—. Pero eso sería... ¡otro pensamiento! En todo caso, para no perderte con tantas cosas que ves en la mente, lo que has de hacer es tener un punto de referencia. Por ejemplo, la respiración. Cierra los ojos y presta atención a tu respiración.

Elmo cierra los ojos, pone las manos en postura de meditación y contrae toda la cara, conteniendo el aire.
—No hace falta que pongas ninguna pose —le digo, reconociendo otra de nuestras típicas actitudes—. Relájate. Ponte normal. Simplemente, presta atención a la respiración.

Elmo se relaja un poco y empieza a respirar.
—Qué asco —dice, abriendo los ojos y mirando a las personas que hay a nuestro lado—. Huele mal. A tabaco.
—Muy bien —digo—. ¿Ves? De la atención a la respiración te has pasado a lo mal que huele en la piscina del cámping, porque hay alguien fumando a nuestro lado. O sea, ¡otro pensamiento! Y de ahí a enfadarte y querer machacarles la cabeza, va un paso.

Elmo se queda dubitativo.
—Pero entonces... —dice—, ¡todo lo crea la mente!

Asiento, estupefacta, y me digo que ya me habría gustado a mí comprender la décima parte de lo que ha comprendido Elmo en la primera clase de meditación.

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