Más vale prevenir
[Discurso que di en la fiesta de inauguración de la nueva sede de la Escuela de Escritores, el 30 de enero de 2010]
Llega un libro de cuentos a mis manos. Se llama Cuentos para prevenir y lo han escrito entre tres profesores de la Escuela: Clara Redondo, Chema Gómez de Lora y Esperanza Fabregat. Clara, Chema y Chiki para los amigos. Los conozco desde hace siglos, como quien dice. Clara fue alumna mía en un Curso de Redacción y Estilo y por entonces (¿hará doce años de esto?) trabajaba de bibliotecaria y quería ser correctora. A Chema lo conocí en casa de Enrique Páez hará como tres lustros y enseguida nos pusimos a hablar de cosas serias, de globos de colores y de huevos de codorniz, de la teoría de la relatividad aplicada al vuelo de las cometas y de lo mal que se lleva el sustantivo castaña con el adjetivo pilonga. A Chiki la conocí unos años después por Internet, en una lista de correo de Escritura Creativa que ha ido poniendo profesores en la Escuela al mismo ritmo que la gallina Turuleta huevos en la canción.
El libro está dirigido a niños y niñas de 6 a 12 años para prevenir el consumo de drogas a través de la educación emocional. Me pongo a leerlo, un poco por marear la perdiz.
El primer cuento se llama «La suerte de Rita», lo ha escrito Clara, y empieza así:
Rita es una niña normal a la que le gustan las cosas poco normales, como hacer la colección de cromos de Indira, la vampira, o ser profesora de un montón de muñecos que ordena de mayor a menor en su habitación. La vida de Rita también es normal: ir al colegio todos los días y no parar en casa los fines de semana. Que si teatros, que si cines, que si merendolas en casa de los amigos. Ya veis, una vida normal. Pero todo cambió la noche en que Rita oyó una conversación misteriosa entre su padre y su madre. Estaban los dos preparando la cena, él cocinando y ella de pinche, cuando Rita, que pasaba por ahí de casualidad, escuchó detrás de la puerta:
—Ya verás, nuestra vida va a cambiar. Me ha dicho Lucas, el frutero, que va a tocar la lotería que vende la Paquita el jueves. Que tiene un presentimiento muy grande, así que cuando salga de trabajar ese día a las ocho, me voy rápido para allá y le compro un décimo —dijo su padre.
—¡Genial! Seremos ricos y nos podremos comprar el piso ese tan chulo que vimos en el barrio de Pitiminí —dijo su madre, entusiasmada.
¿Ricos? ¿Un piso en el barrio de Pitiminí? ¿Dónde está ese sitio? ¿Me tengo que ir de este barrio? ¿Se han vuelto locos mis padres? Todas estas preguntas se hizo Rita en una décima de segundo. Las piernas le empezaron a temblar como espaguetis y se quedó paralizada detrás de la puerta [...]
Yo no tengo seis años —ni siquiera doce— ni me llamo Rita. Pero colecciono fragmentos de relatos oníricamente acuáticos, soy profesora de varios racimos de alumnos con los que empiezo las clases de forma muy ordenada y las acabo en pijama y zapatillas de estar por casa, con una lata de cerveza en la mano y gritando «¡Goooool!»; y, sobre todo, me da un miedo horroroso que mi vida cambie. El otro día mi marido me volvió a decir por centésima vez lo caro que resulta Madrid y que a ver cuándo me acabo de dar cuenta de que esto no es vida y de que todo, todo, no se puede tener, que o me dedico a escribir en la Conchinchina o nos matamos a trabajar en Malasaña. Y yo —igualito que Rita— llevo desde entonces temblando de miedo. Así que me trago el cuento de principio a fin, alegrándome una barbaridad cuando Rita y sus amigos consiguen con mucha maña que su padre no compre el décimo de lotería y que, por tanto, no se trasladen a vivir al quinto infierno ese de pitiminí.
Sigo leyendo, por supuesto. El segundo cuento es de Chema y se llama «La subasta infantil». Empieza así:
¿Sabías que muchos hermanos gemelos hacen cosas opuestas? Una bucea de lado a lado del mar y la otra aborrece el agua salada. Uno harta a sus abuelos a besos y su hermano idéntico se aleja kilómetros para no saludar ni a las hormigas. Me llamo Isabel y mi hermana, Belisa (ha girado las sílabas de mi nombre). Somos tan gemelas que si a ella le molestan las pecas del brazo izquierdo, a mí las de la pierna derecha. Cuando ella tiene insomnio en el Polo Sur, yo no consigo dormir en Islandia.
Mi timidez, a los nueve años, era preocupante y Belisa, en cambio, subía al escenario en las fiestas, contaba chistes aún siendo tartamuda, y daba saltos mortales delante de cualquiera.
Jo, y es que casualmente yo me llamo Isabel y, aunque no tengo nueve años ni una hermana gemela, en realidad sí la tengo. No, lo he dicho mal. En realidad yo soy Isa, que es la que se sube a los escenarios y da discursos, la que fundó la Escuela de Escritores y la que se atreve a impartir un taller de escritura peligrosa, sabiendo por experiencia lo peligrosa que es la escritura, y más justo la de ese tipo. Y tengo una hermana gemela que se llama Isabel, que es muy tímida y se ruboriza cuando le preguntan la hora, que resulta ser la que —siempre escondida detrás de la pantalla del ordenador— le escribe los discursos lacrimógenos a la otra y no consigue pegar ojo la noche antes de que su hermana gemela salga a un escenario.
Así que por narices he de seguir leyendo el cuento de Chema, aunque tengo mil cosas pendientes por hacer, entre otras escribir un discurso que me han encargado para la inauguración de la nueve sede de la Escuela de Escritores o no sé qué. Y no puedo menos que llorar de alegría cuando, al final, la narradora dice: “Y me abracé feliz a mi hermana mientras recibíamos aplausos sin parar”. Porque me recuerda lo feliz que soy en los únicos ratos en que yo y mi hermana gemela permanecemos abrazadas en lugar de querernos ver muertas la una a la otra. O sea, cuando estamos escribiendo.
Así que, aunque me entran unas ganas irreprimibles de ponerme a escribir, lo que hago es comenzar a leer el siguiente cuento, que es de Chiki, se titula «A la luz del sol» y empieza así:
Mario no sabe qué contestar. Cada niño de clase ha elegido una profesión: todos saben lo que quieren ser de mayores. Mario no. Hay tres futbolistas, dos maestros, una pianista y un montón de cantantes, pero Mario no responde. Tiene que hacer una redacción para el martes sobre lo que quiere ser de mayor y no tiene ni idea. Sale del colegio con la espalda encorvada. La mochila pesa cien kilos y le cuesta caminar hacia casa.
En la calle hay mucho sol y todo brilla pero, al abrir la puerta, la casa está medio a oscuras. Mario se acuerda de la tormenta de arena de dos años atrás, cuando todo se llenó de polvo y durante un par de semanas le picaron los ojos. Ahora no hay polvo pero a Mario le pican los ojos cada vez que entra por la puerta y ve a toda la familia con cara de pena. Su hermana Lidia llora todo el rato porque su novio se ha marchado a Hungría a trabajar; su padre lleva días sin afeitarse y el pijama tiene dos manchas de café. Hace meses que no vende ninguno de sus inventos y ya ni siquiera sale de casa para intentarlo. No se cambia de ropa por las mañanas y casi no habla.
Mario camina hacia su habitación. Las persianas del pasillo están bajadas y tiene que tantear la pared hasta llegar a su puerta. Da la luz al entrar y se queda muy quieto mirando el edredón amarillo, las cortinas con coches y el cojín rojo que hay sobre la cama. Se lo regaló la abuela hace un par de años, cuando todavía se llevaba bien con su madre. Luego dejaron de hablarse y Mario no la ha vuelto a ver. Respira hondo, apaga la luz y, con el rayito que aún entra por una rendija de la persiana, se pone el pijama y se acuesta.
Por la mañana, su madre va a despertarlo y le pide que se levante a desayunar. Es sábado. Podría hacerse el remolón y quedarse un rato más en la cama pero no quiere que ella se enfade.
Yo no me llamo Mario ni Lidia, mi novio no se ha marchado a Hungría y no me he dejado de hablar con mi madre. Pero tengo que hacer una redacción para la Escuela y no sé ni por dónde empezar, en casa ni el gato sabe lo que quiere ser de mayor y a mí, aunque sí lo sé, se me da fatal vender mis inventos —o sea, mis escritos—, a veces nuestro buen humor debe de andar paseándose por Budapest y con mi madre de lo único de lo que merece la pena hablar no nos lo decimos ni de coña. Me imagino a mi hijo Elmo muy quieto por la noche debajo del edredón escuchando ruidos en la escalera y mirando temeroso los rastros de luz que llegan desde la cocina, sin atreverse a decir que tiene miedo, por si su madre se enfada una vez más... y, con unas cuantos lagrimones dándose codazos unos a otros en el párpado inferior por salir el primero, sigo leyendo.
Cuando, gracias a una carta que Mario deja en el buzón para su madre en la que se hace pasar por la abuela y otra que entrega a su padre con el anuncio de una convención de inventores, la luz empieza a invadir la casa de Mario, yo permito por fin que las lágrimas vayan saliendo a trompicones. Y cuando al final escribe en su cuaderno “Quiero ser cartero”, me tengo que ir definitivamente a por un cleenex, y es que lo que yo leo no es “Quiero ser cartero”, sino “Me hace feliz hacer felices a los demás”. Y me doy cuenta por primera vez de que esa, y no otra, es la razón por la que escribo.
Con el corazón hecho un guiñapo, y aunque no tengo ni un minuto que perder, porque la hora del discurso se aproxima inexorablemente, me pongo a leer el último cuento, escrito por Clara, que se llama “El baile de la tarántula”. Es el diario de un niño, David, que empieza así:
Lunes, 6 diciembre
No quiero pensar en nada.
Desde mi terraza se ve todo Madrid. Tejados y más tejados. El hospital de Carabanchel al fondo a la izquierda y el aeropuerto de Cuatro Vientos a la derecha. Cuando llegamos a vivir aquí hace tres años, yo tenía siete, y me pasaba las horas muertas mirando cómo las avionetas y los helicópteros volaban a lo lejos hasta que se perdían entre los edificios para aterrizar. Hoy es el día del desfile de las Fuerzas Armadas, y desde la terraza se ven un montón de aviones de caza que van dejando detrás una raya de humo azul y rojo.
No quiero pensar en nada. Pero esos helicópteros me recuerdan a mi amigo Sebas. Justo un día como hoy, el año pasado, nos lo encontramos en el portal, a él y a sus padres, Sol y Pedro. Pedro estaba muy delgado y pálido, más bien de color amarillo, y se sostenía apenas con una muleta. Que le dolían mucho los huesos, les decía a mis padres. Después me explicó mi madre que estaba muy enfermo, cáncer de huesos, y sin querer me imaginé su esqueleto desmenuzado como si fuera harina. Yo le miraba hablar y pensaba si llegaría a ver el desfile de aviones del año siguiente.
Hace dos días que Pedro se ha muerto. He salido a la terraza y me he acordado de aquel día. Ya no volverá a ver ningún avión volando sobre la ciudad. No voy a darle más vueltas a la cabeza, porque me pongo a pensar en mis padres. No quiero que se mueran. No sé cómo puede ser, pero no quiero que se mueran nunca. Cuando me entra el miedo por las noches, pienso en otra cosa y ya está, la idea se disuelve y se cuela por debajo de la puerta, hacia la luz encendida del salón donde ellos están viendo la tele. Me gusta ver esa rendija de luz; eso quiere decir que todo está normal.
Yo no tengo diez años ni un amigo que se llame Sebas. Pero el padre de mi amigo Antonio se está muriendo de un linfoma en estos momentos en el hospital. De pequeña temblaba de miedo por las noches pensando que a mis padres les ocurriese algo malo y, cuando hace trece años mi padre murió, me convertí de nuevo (aunque tenía veintisiete) en aquella misma niña desorientada. Diez años después de eso, cuando mi segundo hijo estaba a punto de nacer, murió mi suegro, Jesús, y yo no pude ni supe reaccionar, menos aún consolar a mi marido. Así que línea a línea aprendo de David para saber actuar cuando, dentro de poco, mi amigo Antonio se convierta —con lo grandón que es— en un niño asustado, y lloro a lágrima viva cuando David es capaz de decirlo por fin: «Me da mucha pena que Pedro se haya muerto». Porque yo, por lo bajo, rezo a mis cuarenta años por primera vez con él: «Me da mucha pena que papá se haya muerto»; «Me da mucha pena que Jesús se haya muerto». Y, como David, al terminar el cuento siento «como si se me hubiera abierto dentro una botella de refresco dulce y con burbujas».
Cuando cierro la última página, vuelvo al principio y leo la introducción: «Dirigido a niños y niñas de entre 6 y 12 años para prevenir el consumo de drogas a través de la educación emocional». Me pregunto si no será el momento de dejar colgados los cuatro tomos de Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell, y ponerme con la colección completa de Barco de Vapor. O si será que estas tres personas, Clara, Chema y Chiki, tienen algo muy especial. Me pregunto también si, de haberme leído estos cuatro cuentos cuando tenía 10 años, no me habría ahorrado algún que otro trastazo o, como mínimo, me habría sentido mucho menos sola en el mundo.
Y de pronto se me ocurre. Se me ocurre sobre qué escribir el discurso. Se supone que tendría que hacer un poco de historia del recorrido de la Escuela, soltar una ristra de halagos y otra de agradecimientos, un poquito de orgullo de madre y todas esas cosas obligadas en estas ocasiones. Pero es que no es eso. No es eso lo que quiero decir. Lo que quiero decir es que Clara, Chema y Chiki escriben cuentos para prevenir. Y que ellos representan a la perfección el espíritu de la Escuela de Escritores, un espíritu heredado de su abuelo, Enrique Páez, que dirigía el Taller de Escritura de Madrid, donde los conocí a los tres.
La Escuela de Escritores se creó para prevenir. Todos los que la conformamos escribimos. Escribimos para prevenir. Y enseñamos a escribir a otros para prevenir. Para prevenir el sufrimiento. El sufrimiento inútil. El que nos hace hincharnos a café y a cigarrillos, a copas y a trabajo, a rabietas y a venganzas, a hipocresía, a doble moral. El que nos hace asistir durante años a terapias para un día, leyendo un cuento de niños, a los cuarenta, poder susurrar con el protagonista: “Me da mucha pena que papá haya muerto”. No queremos que a nuestros hijos les pase eso. No queremos que a los hijos de nuestros alumnos les pase eso. No queremos que a los hijos de los lectores les pase eso. No queremos que a los hijos de nuestros hijos, de los hijos de nuestros alumnos y de los hijos de los lectores les pase eso.
La Escuela de Escritores se creó bajo la insignia de esa necesidad, de esa urgencia. Y si algo ha permanecido incólume a lo largo de diez años ha sido ese sello, heredado de Enrique Páez pero, al fin, de todos los buenos escritores de todos los tiempos. Ninguno de los que conforma la Escuela —hasta donde yo alcanzo a conocerlos, que es bastante— está aquí para hacerse rico ni famoso, para fardar de intelectual ni para acceder al poder, ni siquiera para publicar. Todos, eso sí, nos debatimos constantemente entre escribir y enseñar, porque ambas acciones se alimentan la una a la otra y atienden —de distintas formas— a esa necesidad, a esa urgencia.
Hace diez años, pues, que se lanzaron un par de grupos a Internet como barquitas al mar, y hace otro tanto que Ángeles empezó a dar clases presenciales por su cuenta en un café de las Vistillas llamado Pandora. Los grupos de Internet se fueron multiplicando y el taller de Ángeles se unió a la Escuela, trasladándose a una librería de la calle Mayor donde le dejaban un huequito de forma gratuita. Después Ángeles alquiló un minúsculo y húmedo local en la calle Olivar, en Lavapiés. Cuando se quedó pequeño y los talleres presenciales unieron definitivamente su destino al de los virtuales y a la Escuela, hubo que trasladarse a un local mayor, el de la calle Ventura Rodríguez. Y por fin, en septiembre del año pasado, ocurrió: la Escuela se ha acabado trasladando al barrio de Pitiminí.
Horror.
Y sin embargo, leyendo los cuentos para prevenir de Clara, de Chiki y de Chema me he dado cuenta de que después de diez años el espíritu de la Escuela, es decir, de quienes la componen, sigue siendo exactamente el mismo. Porque los que la dirigen no usan el dinero para comprarse lujosas mansiones en el barrio de los ricos, sino que se las apañan —por lo general a base de robarle horas al sueño, al ocio y a la escritura— para que revierta siempre en el mismo sitio, en la urgencia, en materiales en constante reestructuración, en el máster de narrativa con el que todos soñábamos de jóvenes, en una nueva plataforma virtual, en más aulas, más grandes y más agradables donde alumnos y profesores trabajen a fondo, mano a mano, para solucionar los problemas de sus personajes, es decir, para prevenir a las personas, para que Rita desvíe la atención de sus padres hacia lo esencial y los lectores entendamos la importancia de tener cerca a los amigos; para que las dos gemelas acaben abrazándose y esas dos partes nuestras, la luz y la sombra, dejen de perder el tiempo luchando la una contra la otra y aprendan a complementarse; para que se cuele el sol en la casa de Mario y nosotros disfrutemos de lo que verdaderamente nos hace felices y luminosos, que es ver felices a los demás; para que David entienda que ayudar a los otros empieza por expresar lo que uno siente y nosotros sepamos actuar cuando el de al lado se venga abajo y se convierta en un niño sin recursos.
A veces no viene mal, creo yo, recordar algunas cosas. Por eso está bien esta fiesta. Por eso está bien que, en lugar de proferir una ristra de halagos y agradecimientos, yo me limite a recordar que no da igual ocho que ochenta. Que lo más fácil —o lo más normal, o lo más lógico— habría sido que después de diez años la Escuela se hubiera convertido en un negocio para fabricar dinero y poco más. Que si no ha sido así se debe a que un montón de personas (a las que no les da igual ocho que ochenta) han perseverado en nadar contracorriente y frenar la general tendencia al estupor, al entretenimiento rentable y a la evasión. Han decidido que esta Escuela, con traslado y todo, no sea —y esperemos que por mucho tiempo— de pitiminí, sino que tanto los que la dirigen como todos sus profesores lleven puesto hasta para dormir el mono de trabajo, y enseñen a sus alumnos a que lo lleven puesto también, a que no se despisten ni un segundo. Porque lo importante no es el dinero ni la fama ni el poder, ni siquiera escribir como los ángeles. Lo importante es el espíritu. Lo importante es prevenir. Prevenir para que nuestros hijos, los hijos de nuestros alumnos y los hijos de los lectores, y los hijos de nuestros hijos, de nuestros alumnos y de los lectores, no tengan que perder el tiempo curándose nuestras mismas heridas.
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Ana
Fecha: 31/01/2010 12:48.
Un besazo
Fecha: 02/02/2010 10:42.
Rosario
Fecha: 02/02/2010 15:29.
Rafa
Fecha: 03/02/2010 17:02.
Dominique
Fecha: 04/02/2010 14:44.
F. Caballero Castellano
A mi me habrías dejado abstraído, inconsciente, pensando en los sueños, (que refiero cuando hablo entre mis conocidos cotidianos), de una amiga que, de alguna forma, vive y es fiel a los mismos. Nadie me cree, pero es sencillo de entender, ellos no han estado jamás en la Escuela de Escritores. Felicidades por ello.
Fecha: 05/02/2010 10:43.




