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El cielo sobre Madrid

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[En italiano]

(Fotografía de Rafa Turnes)

Para los admiradores de Alessandro Baricco, con amor, sin sordidez.

Cuando vas a conocer a alguien a quien admiras —a quien no puedes dejar de admirar, aunque seas una más entre las cien mil personas que lo hacen, aunque te hayas leído Seda la semana anterior solo porque vas a ver de cerca a ese personaje tan aparentemente admirable, aunque te hayas pasado los cuarenta años anteriores atribuyendo esa apariencia a cierta buena estrella editorial que ampara a unos cuantos elegidos— hay una parte de ti que se postrarute;a a sus pies, pero otra que se rebela contra esa admiración y te susurra al oído: «¡Bah, tampoco será para tanto!». No sé qué pensarán las otras novecientas noventa y nueve mil personas, pero yo a eso lo llamo complejo de inferioridad.

Así que cuando Javier Sagarna se acerca a mí con un señor más bien bajo (¿o es que no me acabo de acostumbrar a los tacones?) con cara impávida, resignada a un aburrido turno de presentaciones, y dice: «Esta es Isabel, la persona que fundó la Escuela de Escritores», y el hombre se delata con una fugaz y preciosa sonrisa que asciende como un rubor hasta la mismísima pupila de sus ojos azules e inmediatamente se oculta tras las nubes de la indiferencia, mientras nos damos la mano con frialdad militar, como si nos importase una mierda lo que el otro —e incluso uno mismo— haya fundado o dejado de fundar, yo pienso: «Todo está en orden. Nada escapa de mi control».

Me dispongo, pues, a pasar una típica velada en la que por necesidad no puede pasar nada interesante, porque ni por asomo voy a permitir que pase. Solo un leve regusto de esperanza en el agua que viertes en un vaso de plástico y te bebes por hacer algo mientras esperas a que la gente vaya llegando, fiada a que al día siguiente —o en la próxima vida— logres abrir una brecha, a golpe de teclado, en tu imperturbable corazón.

La nueva sede de la Escuela es impactante: un montón de salas, cada una pintada de un color (te imaginas conduciendo a tus alumnos protocolariamente: «Sírvanse pasar a la sala rosa, si son tan amables»), los suelos de parqué lustroso, los techos altos y con molduras, la sala donde se hará el acto de inauguración llena de sillas majestuosas forradas de tela y un gran cartel del máster al fondo con la increíble foto de Javier Vallhonrat, una casa ardiendo sobre el agua, como si se fuese a realizar una solemne convención de bomberos. Lo miras todo con ojos distantes, como si aquello no tuviese nada que ver con aquellos dos grupos de cuatro personas cada uno —un par de barquitas lanzadas a un mar encrespado— que un octubre de hace ya nueve años abriste por Internet con espanto, casi resignada a un hundimiento seguro.

A los amigos no los reconoces en estas ocasiones, hablas con uno y con otro con lejanía circunspecta. Los alumnos del máster que van goteando por la puerta te asustan un poco, como si fueran los miembros de un jurado que el martes que viene, cuando a las 22.15 h acabe tu primera clase de —ni más ni menos— Técnicas Narrativas, pudiesen decidir sobre tu pellejo.

Ser introspectiva es agotador.

Así que te sientas en la segunda fila, ni muy cerca ni muy lejos. Saludas al que tienes al lado, designándote con sospechosa inmediatez como su profesora, no vaya a haber molestos malentendidos (sabes perfectamente que tienes más pinta de alumna que de maestra). Asistes al acto inaugural con el estómago contenido, no vaya a ser que. Solo un instante de expansión, cuando mientras escuchas hablar a Nacho Ferrando lo recuerdas como un alumno más del taller y el tiempo transcurrido —todo ese tiempo que te has tirado conteniendo la respiración— te aplasta sobre la silla. Y entonces das un hondo suspiro y lo reconoces por fin: «Nos estamos haciendo jodidamente mayores». Luego solo palabras de fondo y silencio interior.

Después pasamos a la sala donde Alessandro Baricco dará una clase magistral a los alumnos del máster. Me sitúo en una de las sillas laterales reservadas a unos escasos y privilegiados oyentes. Pienso en apagar el móvil, pero luego me digo que no puede dar la puta casualidad de que mi madre me llame en estas dos horas para decirme que uno de los niños ha abierto la cabeza al otro o algo por el estilo. Miro a los alumnos, a Pack allá al fondo colocando el trípode con la cámara de vídeo, a las últimas personas que se van colando, sentándose en el suelo o donde pueden. Oigo el rebullir de las que finalmente se han quedado al otro lado de la puerta, esa especie de frontera entre el cielo y el purgatorio, entre los elegidos y los excluidos. Yo estoy entre los primeros y sin embargo no me siento digna, tan rígida, tan encorsetada, tan a la defensiva.

El aire está tan lleno de expectativas que resulta sofocante.

Nos reparten unas hojas con un texto de Nikolái Léskov, un escritor ruso del s. XIX que me suena como un rumor lejano desde mis lagunas culturales. Es el comienzo de un relato titulado El sello del ángel. Cuando Baricco dice que tenemos que escuchar lo que nuestros padres tienen que decirnos, que en esos dos folios se condensa la historia de la narración, me entra un poco de pereza —¿o son los restos de una adolescente rebeldía contra la autoridad?—. «Ya será menos», pienso. Me dispongo a escuchar uno de esos discursos en que todas las piezas encajan sospechosamente para conformar la paja mental del conferenciante.

Baricco habla lentamente, como apostando una fortuna por cada palabra, con la cautelosa seguridad de quien sabe —aunque no sepa exactamente por qué— que va a ganar. Habla a los alumnos de que han de trabajar duro en el máster para que, quizá, se den un par de momentos (como mucho) en que el profesor se quede conforme con el texto que han escrito. Pero esos instantes de avance, de revelación, no se darían sin todo el esfuerzo invertido.

Se lee el texto en voz alta. En una isba rusa, en medio de la tempestad, se refugia un grupo de gente. Alguien llama a la puerta, y el dueño pregunta quién es. Una voz responde que son mercaderes, e implora que se les dé refugio. ¿Llevan mercancía?, les pregunta el dueño. Sí, llevamos pieles, dicen los de fuera. El dueño les dice con cajas destempladas que se vayan, que pasen la noche cubiertos por las pieles. Un hombre que está en el interior, bajo una piel de oso, le dice que les deje entrar, que no sea desaprensivo. El dueño se niega. El de la piel de oso insiste. Uno de barba pelirroja da la razón al dueño, diciendo que si tienen pieles, esos hombres no morirán, y que será un aprendizaje para ellos pasar la noche a la intemperie. Además, de ese modo, si alguien que lo necesite más llega hasta la posada, encontrará un hueco. El otro dice que hasta allí solo lo podría conducir el diablo. El dueño protesta, aludiendo a todas las imágenes sagradas que cubren las paredes. El pelirrojo lo avala, diciendo que a cada persona que se salva, lo guía su ángel. El de la piel de oso dice que no se cree que su ángel lo haya conducido a un lugar tan cochambroso. El pelirrojo afirma que el camino del ángel no es visible para todos, sino solo para aquellos que lo han practicado. El otro dice que, a juzgar por sus palabras, parece que hubiese pasado por esa experiencia. El de la barba pelirroja dice que sí, en efecto. El otro se sorprende, y le pregunta si eso es verdad. El de la barba pelirroja dice que sí. El otro dice que lo cuente. Uf, es una historia demasiado larga, comenta el pelirrojo. El de la piel de oso dice que tienen toda la noche por delante. El otro acepta, por fin. El de la piel de oso le ruega que se acerque, que se siente entre ellos. Él dice que no, prefiere quedarse de rodillas, porque lo que va a contar tiene mucho de sagrado, e incluso inspira temor.

Ahí se corta el texto, cuando se supone que empieza la historia. A mí me sigue dando pereza tratar de buscarle la profundidad —cinco pies al gato— a algo en apariencia intrascendente.

Baricco empieza a hablar. Empieza hablando del tiempo. «Qué curioso —me digo—. ¿Por qué del tiempo, y no de la figura del narrador?». Dice que cuando nos disponemos a leer una historia, nuestro tiempo se suspende. Uno anda liado con su vida, de aquí para allá, con cientos de preocupaciones, y de pronto todo eso se detiene (decides voluntariamente que se detenga), y entras en el tiempo de la narración. ¿Cómo conseguir que el lector se salga de su tiempo y se meta en el nuestro? Antiguamente, existía la figura real del narrador oral, con su porte, su tono de voz, sus cicatrices en la cara: con su autoridad. Cuando la narración escrita entra en escena, el lector no tiene ninguna razón de peso para interrumpir su vida y permitir que le cuenten una historia. Por eso en principio las historias requerían de un marco, en el que se introducía la figura de un narrador con autoridad en el que el lector pudiese confiar. Todo tenía que estar bien clarito. Una isba, gente dentro (los privilegiados que van a escuchar la historia), gente fuera (los excluidos), dentro el calorcito (un refugio en que el lector de historias busca ampararse), fuera la tempestad (la vida diaria). Un personaje que en un momento dado se impone con autoridad suficiente para que queramos escuchar lo que tiene que decirnos: «Yo lo he visto». No lo dice con prepotencia (no dice aquí tengo su carné de identidad, os lo puedo demostrar) ni envuelto en dudas (quizá lo vi, quizá no, no me acuerdo bien). Cuando tiene bien enganchado a su público, recula un poquito (es una historia tan larga...), para terminar de rendirlo a sus pies. Mantiene las distancias, no quiere acercarse a los otros, se mantiene alejado, de rodillas (como un artesano al que su obra le inspira un respeto casi místico).

Esa mezcla de presunción y de humildad es el código genético prevalente en la figura de cualquier narrador que se precie. En los primeros párrafos de cualquier obra debe producirse ese anclaje para que el lector esté dispuesto a salirse de su «tiempo» e introducirse en el nuestro. Y esa autoridad es lo más difícil de alcanzar como escritor. Las técnicas van cambiando, los lectores ya se han acostumbrado a que les cuenten historias por escrito, no hace falta encapsular a la figura del narrador en un personaje que se acredite como alguien de fiar. El inicio de En busca del tiempo perdido sería inconcebible un siglo antes. «Hace mucho tiempo, me acostaba temprano». Aun así, la autoridad del narrador ha de prevalecer. Baricco habla de La metamorfosis, de Cien años de soledad. En pocos minutos Léskov atraviesa como una flecha la historia de la literatura.

A estas alturas me descubro con la boca abierta. Ya no estoy en una clase (un refugio), no existe dentro ni fuera, se han marchado las resistencias y las expectativas, mi madre, los niños, la tensión, el complejo de inferioridad. Estoy en el nuevo mundo que me está dibujando Baricco. «Yo lo he visto», repite, y parece que hasta le crece una barba pelirroja. «He visto al ángel». «El escritor —dice— es el que ve un ángel donde los demás no ven nada». «El escritor —repite— es el que ve algo que nadie más ve. Y transmite su experiencia con palabras para que sus lectores lo vean también».

Y entonces —solo entonces, ni un minuto antes ni un minuto después— habla del talento, esa palabra tabú en los talleres literarios. «Si no has visto al ángel —se detiene un instante y hace un gesto tajante con las manos, para posarlas delicadamente sobre la mesa—, no hay nada que hacer». Silencio de sepulcro. Se me va la vista hacia los alumnos. Me parece distinguir el nudo de terror en sus gargantas. «¿Yo lo he visto? ¿No lo he visto? Quizá aquella vez... Dios mío, ya he pagado la matrícula... ¿Será demasiado tarde para...?». «Aunque siempre puede ser —dice Baricco con una medio sonrisa— que lo hayas visto y no te hayas dado cuenta». Suspiro colectivo. Por eso merece la pena trabajar tanto en la artesanía, en la técnica. «Pero si no lo has visto —todos contenemos la respiración— todo el esfuerzo es en vano». Nunca tendrás la autoridad, la fuerza y perseverancia de quien tiene una importante misión que cumplir, la presunción (el talento) necesaria para afirmar sin titubeos: «Yo lo he visto» ni la humildad requerida para arrodillarte frente a los útiles de trabajo y decir: «Te lo voy a mostrar con todas las herramientas a mi alcance». «Esto —concluye Baricco con humildad, de rodillas ante nosotros— es lo que nuestros padres tienen que enseñarnos». 

Esperamos que continúe, que comience a contarnos la historia, lo que sea, por favor, que no se calle. Pero Baricco solo dice: «Preguntas».  Alguien pregunta lo típico, que si Léskov sabía todo eso cuando escribió ese cuento. Baricco dice lo obvio, que lo llevaba en su código genético. De pronto suena mi móvil. La magia se interrumpe. Dentro y fuera adquieren patente de corso. Avergonzada, busco el móvil en el bolso (es enano, pero de pronto parece el de Mary Poppins, no tiene fondo), suena cada vez más fuerte, por fin lo encuentro, lo apago, me voy de la clase molestando a todo el mundo mientras Baricco cuenta una anécdota sobre móviles inoportunos para distender el ambiente. Qué coño querrá mi madre. Ya se pueden haber abierto la cabeza los niños, por que si no... La llamo. Que no encontraba los calzoncillos de Elmo. La mato, la mato, la mato... «Estaba en una clase con Alessandro Baricco», le digo. Lo del ángel no tengo fuerzas para explicárselo. «Ya. Pues yo no encontraba los calzoncillos». Vale. Colgamos. Yo estoy en la sala de al lado, en el purgatorio, como un mono por su jaula. Saludo con desinterés a unos y a otros, los que han ido llegando para el picoteo. Qué rabia, qué rabia, qué rabia. Me da vergüenza entrar otra vez, con la que he montado.

Cuando no aguanto más me meto en la habitación contigua a la de la clase, a oscuras, y me pongo junto a Pack, en el umbral de la otra puerta. Escucho otras preguntas y respuestas, pero ya no es lo mismo. «Escribir es como comer —dice Baricco—. No puedes andar preocupado por la técnica cuando escribes. Cuando comes no andas pensando en la forma en la que comes. Comes, sin más. Lo necesitas para vivir». Estoy de acuerdo. Pero antes no estaba de acuerdo ni en desacuerdo. No estaba. Me doy cuenta de que junto a Baricco está Alfonso traduciendo lo que dice. No había reparado antes en él, la transmisión era directa. Alguien pregunta a Baricco qué libro le habría gustado escribir. Baricco enrojece, se turba. Está algo congestionado. Hace calor. La temperatura también se hace patente ya. Se le nota exhausto. Ya ha dado todo lo que tenía que ofrecernos, tantísimo. Pero somos insaciables. Queremos más y más y más. Y sin embargo hace un último esfuerzo. De la inmensidad de su conocimiento literario escoge. Escoge un cuento. «Los cuentos —dice— pueden llegar a ser perfectos. La novela no, pero los cuentos sí. A mí me habría gustado escribir Para Esmé, con amor y sordidez, de Sallinger. Es perfecto». Lío con la traducción. Creo que no lo he leído, no me acuerdo bien, mierda. 

Más preguntas. Alguna respuesta más, pero ya suena como el estertor de alguien a quien están estrangulando. Por fin lo dejamos en paz. Aplaudimos. Baricco enrojece más. Vamos saliendo. Estoy eufórica, energética. La gente (los excluidos) preguntan. Yo trato de responder, pero no sé muy bien. Solo cuando se lo estoy contando a Javier me doy cuenta. De lo del ángel, de la magia, de la generosidad, de la transmisión, del paralelismo entre el texto y la historia de la narración, entre la historia de la narración y Baricco hablándonos, diciéndonos aquí está, entre nosotros, yo lo he visto, ¿podéis verlo vosotros también? Creo que Javier percibe algo, aunque sea poco, a juzgar por su sonrisa. «Es la hostia —digo—, es la hostia».

A Baricco se lo llevan a entrevistarle, a hacerle fotos. Como al cabo de una hora le veo aparecer y acercarse a la mesa del jamón. Parece un limoncito exprimido, el pobre. Mira los platos vacíos del jamón, el hueso completamente pelado. Lo coge con el índice y el pulgar, delicadamente, por un extremo, con cara de pena. «No queda», digo, y me arrepiento de la obviedad. «Tienes hambre, ¿verdad?», digo, y vuelvo a arrepentirme de la obviedad. Asiente. Corro hacia Germán, joder, tío, se ha quedado sin jamón, cómo somos... Germán se acerca, le pregunta si quiere que vayamos a cenar algo. Asiente con más rotundidad.

Abajo, en la calle, esperamos Germán, Baricco y yo a que vengan los demás. Baricco me dice algo en italiano que yo no entiendo. Asiento, despistada. Se da cuenta de que no lo he entendido y me lo dice en inglés. Sigo sin entenderlo, y me lo tomo como si hubiese hablado del tiempo. «Ajá», digo. Germán se da cuenta. «Dice que todo esto es obra tuya». «Sí, bueno, yo...», balbuceo, y por dentro tierra, trágame. Mientras nos dirigimos hacia el sitio donde vamos a cenar hablamos sobre cómo se inició la Escuela, por Internet. A él no le va mucho lo de dar clase por Internet. Yo trato de defenderlo, de transmitirle lo que los comentarios por escrito tienen de bueno, pero por mi boca solo sale un cúmulo de obviedades. Desisto. Dejo a Germán que coja el rumbo de la conversación. Hablan de Foster Wallace, de Marlango, yo qué sé. Me voy desconectando. Echo a volar.

En la cena estoy pero no estoy. Bebo, como, charlo, pero sé que todo ha acabado para mí. Solo un momento vuelvo a sentir el estremecimiento, mientras trato de contarles a Berna y a Ampa, a la puerta, en qué ha consistido la sesión. 

Después de la cena, Baricco se acerca a mí para despedirse. Quiero parecer decidida, cercana, comunicarle un agradecimiento que me sobrepasa. Me levanto y le estampo dos besos, sin que le dé tiempo a retirarse, a poner esa distancia que dice (pero es mentira, es una distancia que disuelve las distancias) que es necesario imponer entre escritor y lector, y mientras le beso se vuelca mi bolso, que tengo sobre las rodillas, y se esparcen por el suelo el móvil, las llaves, un bolígrafo, papeles. «Menos mal que no llevo tampones», pienso. Baricco se agacha para recoger los objetos (¿o es mi dignidad?), casi se pone de rodillas y yo creo morirme. Vuelvo a sentarme y mientras se marcha no me atrevo ni a mirarle. «Hasta luego», digo ya al vacío, y vuelvo a arrepentirme. «Nada está en orden. Todo escapa de mi control», pienso, y me siento más tranquila.

No sé si lo volveré a ver. Pero esta noche, os lo juro, he visto un ángel sobrevolando Madrid. Lo he visto, y os lo tenía que decir.

Mientras me leo Para Esmé, con amor y sordidez, al borde de las lágrimas, sé que ha habido un antes y un después en mi forma de leer. No sé cómo lo llamarán los otros millones de lectores. Yo lo llamo gratitud.

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gravatar.comRafa

Gracias Isa, esto es más que una crónica. Baricco es una demostración de que no debemos esperar nada de los demás, solo escucharlos porque es posible que te sorprendan. Y cuando eso pasa, vuelvo a creer que lo que hago vale la pena por el simple hecho de hacerlo, por nada más. Quiero ver y decir, también, "lo he visto"
un beso

Fecha: 03/10/2009 13:16.


gravatar.comMariana

Gracias, Isa. No tengo más palabras, si ya lo has dicho todo tú. Qué bien, porque cuando hubiera sacado tiempo ya se me habría olvidado la mitad.

Fecha: 03/10/2009 14:47.


gravatar.comJimena

Jo, Isa, después de leer tu crónica he tenido la sensación de estar allí de alguna manera, seguramente entre los excluídos, o entre los que dudan si alguna vez vieron ese ángel. Y de lo que no me queda ninguna duda es de que tú lo has visto y lo tienes. Enhorabuena. Besos. Ana

Fecha: 03/10/2009 15:12.


gravatar.comEnrique Páez

Muchas gracias por la crónica, Isa. Es casi como haber estado allí (falso consuelo).
Un beso.
Enrique

Fecha: 03/10/2009 17:20.


gravatar.comIsa

Gracias a vosotros, por leerla y hacerme sentir un poquito transmisora (falso consuelo, sí, lo sé, nunca podría transmitir toda la fuerza que tuvo el encuentro real).

Fecha: 04/10/2009 07:25.


gravatar.comInés

Eso, lo dicho, gracias.
Después de lo que cuentas, supongo que agradeció que en la cena a Rafa y a mí nos diera por hablarle de cachuli, el cerdo de Maurina y Cesáreo:oD.

Mil besos,
Inés

Fecha: 04/10/2009 20:31.


gravatar.comFernando Caballero

Gracias por compartir la mitología con los descreídos. Casualmente este verano releí SEDA, otra vez...y me dieron una ganas enormes de creer de nuevo... Te envidio por haber estado allí, y también por la generosidad de compartirlo,...

Fecha: 05/10/2009 14:47.


gravatar.comEme

Gracias, gracias de verdad.

Fecha: 11/10/2009 19:34.


gravatar.comMixto con Huevo

Gracias por la crónica, Isa, me ha encantado releerla. Y enhorabuena a todos los de Escuela de Escritores, me ha parecido increíble... y me consuela un poquito por no haber estado allí.

Y qué pena eso, no haber estado, aunque sólo fuera después de. Al menos para canalizar en el restaurante el torrente inexpresado de Isa (habría sabido separarlo del mío propio???). Si lo llego a saber me habría ofrecido de
comensal-intérprete... al menos en eso aproveché bien los años de 'spaghetti-man' ;-)

Ahora mismo te enlazo, también en italiano!
Un beso

Fecha: 25/01/2010 14:49.


gravatar.comLigia Gallardo

Gracias, por este crónica. Dos años más tarde, lo vivo como si hubiera sido ayer.
Me despertó el deseo de leer el cuento de LesKov. Saber donde lo puedo encontrar,¿en cuál de sus libros?.
Gracias
Ligia

Fecha: 11/05/2011 18:37.


gravatar.comIsa

Imposible, Ligia. Yo tengo una copia en papel del principio del cuento. Pero no he logrado dar con el relato completo. Lo siento :-(

Gracias por tu seguimiento :-).

Fecha: 11/05/2011 19:00.


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